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Un largo camino de pasos de baile

Yo vivía con un gato en el montón de los retales, bajo la gran mesa de corte en donde mi padre, con afiladas tizas planas de colores, dibujaba líneas rectas y curvas sobre una tela desplegada muy plana. Oía los golpes precisos de las grandes tijeras y, fascinado, trepaba para ver cómo todo aquel paisaje abstracto se convertía en una montañita de formas recortadas i atadas en un rulo. Más tarde, las chicas del taller, todo aquello lo convertían en una americana, un pantalón, un vestido. Él no dejaba de supervisarlo, desmontando y volviendo a montar todas las piezas, buscando el mejor cayente, la distancia natural para conseguir el más bello movimiento. Respiraba el olor del taller: las tizas, las telas cortadas y deshiladas, las entretelas, el vapor de la plancha sobre la placa…

Mi abuelo, el padre de mi padre, trabajaba en un aserradero. Llegaba a casa i se quitaba la americana de tela floja y su gorra impregnadas de serrín para ponerse a jugar conmigo y con los trocitos de madera que me traía. Clavábamos clavos y hacíamos cosas, volúmenes que no tenían sentido. Me desesperaba la inutilidad de aquellos objetos, aunque aún recuerdo el placer de las horas pasadas lijando los vértices para que no rascasen, escogiendo las piezas precisas para que aquellos inventos se mantuvieran en equilibrio. A veces mi madre me los dejaba pintar de colores.

No era fácil llegar a la escuela Eina, en los años 70s, desde un pueblo industrial del Vallès occidental, siendo de una familia de recién estrenada clase media. Era una época llena de rebeldías i esperanzas, de compromiso social y cultural. El interiorismo y el diseño abrían un camino sofisticado que, en esta escuela, adquiría un contenido intelectual que te hacía sentir elegido.

Dos a la izquierda, uno adelante, medio giro a la derecha y vuelta a empezar. Con todos los oficios, con todos los proyectos, con todos los retos. Como un baile hecho de pasos aprendidos que en cada nota modificas la intensidad y la intención.